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| Andrés Peñaloza, estudiante de Derecho UC |
Entre los rumores de pasillo se dice que el MG se ha dividido. Si Ud. no quiere llamarlo división, puede decir: el sector más conservador -siempre se puede más- se ha convertido en una facción con otro nombre. Ahora bien, no hay que engañarse, esta es una diferencia de grado y no de clase. Es como decir conservadores y neoconservadores, como hablar de marxistas-marxistas y marxistas-leninistas.
Este grupo “nuevo” se autodenomina “Solidaridad”. Es un grupo curioso. Llamar solidaridad a aquello que uno llamaría justicia (redistribución de la riqueza y mitigación de las desigualdades sociales) esconde un pequeño pero importante matiz: la solidaridad apela a la buena voluntad (de los aventajados socialmente), la justicia no apela a nada, simplemente actúa y quita.
Por otro lado, no sabemos quiénes lo conforman (lideran), no sabemos cuál es su base ideológica, no sabemos qué pretenden a nivel de política institucional; en general no sabemos casi nada. Sabemos que existen y que en su página de facebook cada cierto tiempo pegan una frase cliché [y que en ese mismo acto Delgado e Ibáñez marcan “me gusta”].
Detrás de las puertas sabemos mucho, pero oficialmente no lo sabemos. Lo cierto es que la constitución de este grupo y su ideología es poco transparente para un público incauto, y eso es lo relevante.
Una autodefinición del grupo es esta: “¿Qué es Solidaridad en la Universidad? Velar por la formación de profesionales íntegros, que aportarán desde la excelencia en su profesión”. Fíjense ustedes en la trivialidad de esta frase. ¿No habría dicho Piñera, Lagos, Lenin, Stalin o Pinochet lo mismo? No me cabe duda. Esto es posible porque el lenguaje publicitario (o como yo diría: panfletario) que utilizan es poco transparente, destinado a persuadir y no a convencer. Kant diferencia entre persuadir y convencer (Cfr. KrV A 820/B 848). Persuadir es apelar a las pasiones para generar cursos de acción. Convencer es apelar a las razones. La persuasión apela a representaciones meramente subjetivas que, como tales, son incomunicables (uno no puede comunicar su gusto por la playa, hay que vivirlo).
Las frases panfletarias de Solidaridad, entre otros, son indeterminadas semánticamente, es decir, su significado no es claro. No sirven para tomar ningún curso de acción. Sus razones, en tanto razones para la acción, son incomunicables (al menos funcionalmente). El más simple ejercicio confirma esto. Si un miembro de Solidaridad preguntara qué hacer ante algún problema universitario, v. g. la decisión sobre si el almuerzo debe durar más, y alguien le respondiera: “debes actuar con integridad”, ¿daría eso una respuesta? Obviamente no. Donde no hay determinación semántica, no pueden haber razones, y por tanto no puede haber convicción, sino persuasión (una forma, si se quiere, de a-racionalidad).
Es esto último lo que hace de Caridad un gran éxito. Un grupo como Solidaridad, insustancial como se muestra ante el público, no tiene ninguna diferencia estructural argumentativa con un grupo humorístico, desde la perspectiva del observador. Su determinación conceptual es tan gruesa como la publicidad de McDonald’s.
Esto me da pie para decir otra cosa. Me irrita ver cómo la política se confunde con la oferta. La política es el espacio donde los ciudadanos, o estudiantes, dan razones que permitan a otros reconocer lo que es bueno, o justo, para todos; la política funciona desde la convicción. La oferta es la herramienta del oferente para satisfacer su interés aprovechando el interés ajeno; funciona desde la persuasión. Pero como ya mostramos, Solidaridad y varios más se relacionan con otros no como ciudadanos haciendo política (convenciendo), sino como agentes de mercado, como oferentes persuadiendo.
A la oferta de Solidaridad responden dos tipos de demandantes: los fieles y los incautos. Los fieles son quienes no necesitan un discurso verdaderamente político, pues saben bien lo que hay detrás de las frases panfletarias. Fieles son los MG que esperaban esta nueva facción; ellos conocen el discurso real. Los incautos, en cambio, son las personas desinteresadas que no se han enterado detrás de las puertas quiénes son los miembros de este nuevo grupo, ni saben qué piensan. Los incautos aceptan la oferta porque les parece simpático el grupo, simpática la gente o rica la hamburguesa.
El ciudadano, que idealmente espera razones, no contestará hasta que no haya un discurso artículo y transparente.
En fin. Trivialidad y persuasión son las notas que caracterizan a Solidaridad; trivialidad y humor a Caridad. Yo no sé qué preferir.
Por cierto, no faltará algún sujeto como Sebastián Squella que se queje de la intolerancia de críticos como yo, o como Caridad, hacia “una iniciativa de [nuestros] compañeros que en forma honesta y con mucho trabajo intentan hacer algo por nuestra universidad”. Aquí el problema es no entender el sentido de la ironía, y ante eso es mejor callar. Además, qué intentan ellos hacer por nuestra universidad no ha sido mostrado (ya hemos dicho que las trivialidades no valen). Y sospecho que si las metas fuesen transparentadas, en esos detalles que terminan ocupando cartas en el Mercurio (como el rol de la Iglesia, el aborto, matrimonio homosexual y todas esas cosas que se intentar mostrar como primordiales a nivel de gobierno universitario), entonces los incautos y los ciudadanos se quedarían con Caridad.
